La crisis de combustibles en Bolivia ha transformado la rutina de cargar gasolina o diésel en un verdadero drama nacional. El calvario de los conductores por unos litros de carburante se ha vuelto una mala costumbre, la misma deriva en molestia, peleas, reclamos y filas donde se tiene que dormir para no perder el cupo.

A eso se suma la falta de dólares que ha frenado la importación y provocado la escasez, lo que obliga a los conductores a realizar filas de kilómtetros en las estaciones de servicio de diferentes ciudadfes de Bolivia.
A 50 días de conflicto la molestía es evidente y las soluciones no llegan como quiere la población afectada, de manera imediata. Mientras el diálogo ansiado se alarga sin una cercana solución, la molestia. el perjuicio y la desesperación crece entre los bolivianos.
Para los transportistas, esto significa perder días enteros de trabajo, dormir en sus camiones expuestos a bajas temperaturas y depender estrictamente de la llegada de las cisternas de YPFB. Lo propio para los particulares, deben pedir permiso en sus trabajos o hacer relevos con familiares y amigos para esperar a que llegue el preciado líquido.

El drama no termina tras conseguir el turno, ya que la calidad del carburante ha estado en el centro de la polémica. Se han reportado lotes de combustible «desestabilizado» que han dañado el motor de miles de vehículos, especialmente en sectores como el transporte pesado y las motocicletas, obligando al Gobierno a establecer mesas de diálogo y sistemas de resarcimiento.
Esta simbiosis de encarecimiento y el desabastecimiento golpean directamente la canasta familiar y el transporte público. Sectores como el agro y los mototaxistas han tenido que bloquear carreteras y protestar en las plantas de YPFB para exigir soluciones al Ministerio de Hidrocarburos, ya que la paralización de sus herramientas de trabajo amenaza su sustento diario.
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