Dayana Blanco Quiroga, una joven activista Aymara de Oruro, decidió no rendirse ante la devastación y rescató el conocimiento casi olvidado sobre el uso de la totora, una planta nativa utilizada por sus antepasados para purificar el agua

En el altiplano boliviano, a más de 3,600 metros sobre el nivel del mar, el Lago Uru-Uru fue un paraíso natural hogar de flamencos y vida silvestre. Hoy, el lago enfrenta una grave contaminación por minería y residuos urbanos, lo que ha dejado sus aguas negras y llenas de metales pesados.
Pero, no todos se fueron. Dayana Blanco Quiroga, una joven activista Aymara de Oruro, decidió no rendirse ante la devastación. Investigando y conversando con los sabios ancianos de su comunidad, rescató el conocimiento casi olvidado sobre el uso de la totora, una planta nativa utilizada por sus antepasados para purificar el agua.
La totora actúa como un filtro vivo: al sumergir sus raíces en el agua contaminada, absorbe metales pesados, retiene partículas tóxicas y transforma veneno en vida. Esta fitorremediación natural permitió la creación de islas flotantes de totora, que filtran el agua y dan refugio a peces y aves, ayudando a recuperar la biodiversidad del lago.

Hoy, más de 3,000 totoras están trabajando día y noche para regenerar la flora, atraer fauna y devolverle la vida al Lago Uru-Uru, que está empezando a aclararse.
El poder de la ciencia, la tradición y la voluntad comunitaria se ha unido para restaurar este ecosistema. Si un lago en el altiplano pudo renacer, ¿qué otros lugares podrían revivir si seguimos el ejemplo de esta comunidad y su conexión con la naturaleza?
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