El B-21 Raider está diseñado para ser la espina dorsal del poder aéreo del futuro. Con tecnología de sigilo de última generación y capacidad nuclear, este bombardero promete dominar los cielos. Sin embargo, expertos advierten que el programa enfrenta un obstáculo crítico que no es tecnológico, sino puramente industrial y matemático: la incapacidad de fabricar unidades suficientes para sostener una guerra real.
El problema de los números: La «espiral de la muerte»
La Fuerza Aérea de los Estados Unidos planea adquirir únicamente 100 unidades, una cifra que analistas consideran insuficiente. A un precio de 700 millones de dólares por avión, el programa corre el riesgo de caer en una «espiral de la muerte»: una flota pequeña dispara los costos de mantenimiento y hace que cualquier pérdida en combate sea imposible de reemplazar a tiempo.
La experiencia previa con el B-2 Spirit dejó una lección amarga: pocos aviones derivan en entrenamientos limitados y costos operativos astronómicos. En un conflicto prolongado, una fuerza de solo 100 aparatos quedaría ineficaz tras sufrir las primeras bajas inevitables.

La competencia con China y el factor de disuasión
Mientras Washington debate sus presupuestos, Pekín acelera la producción de sus propios bombarderos furtivos. Según el portal 1945, para mantener una disuasión real en el Pacífico y ejecutar operaciones simultáneas contra Rusia y China, serían necesarios al menos 300 Raiders.
Sin embargo, alcanzar esa cifra parece una utopía para el presupuesto de defensa actual debido a:
- La base industrial limitada que no puede escalar la producción rápidamente.
- El altísimo costo por unidad que asfixia otras inversiones.
- La complejidad de la cadena de suministro global.
¿Drones o bombarderos? La estrategia del Pentágono
Ante la crisis, la administración Trump ha impulsado un grupo de trabajo especial en el Pentágono para desmantelar la burocracia y agilizar la producción. El objetivo es evitar que el programa se hunda bajo su propio peso financiero.
Aunque el reciente récord de un dron autónomo (60 horas de vuelo a 25,000 pies) sugiere que el futuro pertenece a los enjambres no tripulados más baratos, la realidad inmediata es cruda: hoy por hoy, la industria no puede sostener una flota de bombarderos tripulados lo suficientemente grande para cubrir todos los compromisos globales de seguridad.

